viernes, 20 de julio de 2012

19J


Resaca de emociones tras la manifestación de ayer. Es curioso como la indignación, el miedo al futuro, la ira se transforma en ese sentimiento de alegría, de comunión cuando estás con muchas otras personas que comparten todos esos mismos sentimientos, cada una a su manera. No sé de dónde surge entonces la esperanza, el optimismo, la fuerza. Esa sensación de que sí podemos cambiar las cosas. Esa ilusión, quizá no tan ilusa, de que ese pequeño granito de arena crecerá y se hará montaña. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo convencer a los tercos, esa mayoría cabezota que espera aún que una elite ilustrada la salve de su ruina?

Cuando lees historia te asustas de lo mucho que se repite. Las noticias sobre la deuda y los recortes disparan en mi mente imágenes de la Revolución Francesa. El Estado endeudado trata de sangrar a sus ciudadanos para pagar una deuda que no ha contraído el pueblo. Las noticias sobre el paro, la indignación que no acaba de decantarse, me alerta sobre la posibilidad de que surja de algún lado, de algún lado del PP, un líder lo suficientemente carismático como para arrastrar a las masas hacia posiciones fascistas.

Pero también esas noticias, esas cosas reales que aparecen en los medios como si no lo fueran, me traen imágenes de nuestro futuro. Un futuro transversal, que ocupa presente y pasado. Presente porque puedo verlo ahora en África, en los slums y demás lugares empobrecidos de todo el mundo…; pasado porque allí la situación de terror social se reproduce desde la colonización.

Resulta tan difícil de explicar a la gente que el capitalismo regulado, ese con el que todavía sueñan, el capitalismo con rostro humano, no es más que un breve episodio histórico. Y si he dicho antes que la historia se repite, ¿por qué no habría de repetirse ese sueño? Pues porque para repetirse deberían darse condiciones similares a las del contexto que lo produjo: el miedo a la revolución. La URSS suponía una alternativa creíble al sistema capitalista y para evitar la revolución en casa había que ceder terreno. ¿Hay ahora miedo a la revolución? No, todavía no.

Entonces, para los que piensan que el Sistema de Bienestar puede reconstruirse, la mejor opción estratégica es apuntarse al carro revolucionario. Aumentar las filas rupturistas hasta que los capitalistas consideren que la amenaza es real. Pero no valen las medias tintas, si notan la menor posibilidad de llevarles a la zona reformista, busquen chabola. Pero si se consigue volver a ese momento histórico tan especial, cuidado, porque al menor despiste la historia volverá a poner a los capitalistas en el sitio que ellos creen merecer.

Pero esta postura revolucionaria en realidad no me gusta. No me gusta porque es la postura de quien se mira su propio ombligo. Mientras duró nuestro capitalismo dorado, su rostro humano solo miraba hacia una pequeña parte del Planeta. En parte no está mal que haya dejado de mirarnos porque así podemos comprender cómo han vivido durante todo este tiempo en el resto del Planeta, sentir ese miedo al futuro propio, al futuro de los hijos. Pero solo no estará mal si somos capaces de utilizar esta comprensión para despertar realmente del sueño reformista.