lunes, 21 de enero de 2013

Marx: el regreso del gigante


[Traducción del artículo "Marx: the return of the giant" de Marcello Musto para Marxismo Crítico]

Si la eterna juventud de un autor radica en su capacidad de seguir estimulando nuevas ideas, entonces podemos decir sin lugar a dudas que Karl Marx sigue siendo joven.

Tras la caída del muro de Berlín, conservadores y progresistas, liberales y socialdemócratas, casi de forma unánime decretaron la desaparición definitiva de Marx. Sin embargo, sus teorías vuelven a estar otra vez de rabiosa actualidad, y esto ha ocurrido a una velocidad que es, a todas luces, sorprendente. Desde 2008, la crisis económica en curso y las profundas contradicciones que están desgarrando la sociedad capitalista, han hecho resurgir el interés en un autor arrinconado de forma precipitada después de 1989. Centenares de periódicos, revistas, canales de televisión y de radio se han hecho eco de los análisis que Marx hizo en El Capital y en los artículos que escribió para “The New-York Tribune” mientras observaba el pánico de 1857, la primera crisis financiera internacional de la historia.

Después de veinte años de silencio, en muchos países se vuelve a escribir y a hablar sobre Marx. En el mundo anglosajón las conferencias y cursos universitarios sobre su pensamiento se han puesto otra vez de moda. El Capital vuelve a ser un best-seller en Alemania, y en Japón se ha editado una versión manga de la obra. En China se está publicando una nueva edición, inmensa, de sus obras completas (traducidas del alemán y no, como en el pasado, del ruso). En América Latina se palpa un renovado interés por Marx entre las y los activistas políticos.

El frente académico ha acompañado este redescubrimiento retomando la edición histórico crítica de las obras completas de Marx y Friedrich Engels, la MEGA 2. La nueva edición alemana está organizada en cuatro secciones: (1) obras y artículos; (2) El Capital y todos sus manuscritos preparatorios; (3) correspondencia, y (4) cuadernos de notas. De los 114 volúmenes previstos, 58 ya se han publicado (18 desde que se retomó el proyecto en 1998). El proyecto ha publicado muchas de las obras inacabadas de Marx en el estado en que las dejó, en lugar de publicar los textos con las modificaciones editoriales que experimentaron como se solía hacer en el pasado.

Gracias a esta valiosa innovación y a la publicación de varios cuadernos inéditos, emerge un Marx muy distinto al que nos han presentado muchos de sus oponentes y de sus supuestos seguidores. La estatua de expresión inmutable que señalaba el camino al futuro con certeza dogmática desde las plazas de Moscú y Pekín ha dado paso la imagen de un pensador profundamente autocrítico, que dejó gran parte del trabajo de toda una vida inacabado por su necesidad de consagrar energía a seguir estudiando y revisando sus argumentos.

Así, algunas de las interpretaciones consolidadas de la obra de Marx están siendo nuevamente objeto de debate. Por ejemplo, las primeras cien páginas de La ideología alemana – un texto sobre el que se discutió mucho durante el siglo XX pero que casi siempre se ha considerado acabado – se han publicado ahora en orden cronológico y en su forma original, siete fragmentos separados. Se ha descubierto que formaban parte de otras secciones del libro, dedicado a dos autores de la izquierda hegeliana, Bruno Bauer y Max Stirner. La primera edición, publicada en Moscú en 1932, sin embargo, así como las numerosas versiones posteriores que cuentan sólo con ligeras modificaciones, crearon la falsa impresión de que había un capítulo introductorio sobre Feuerbach en el que Marx y Engels sentaron de forma exhaustiva las leyes del materialismo histórico (un término que Marx nunca utilizó) o, como dijo rotundamente el marxista francés Louis Althusser, conceptualizaron “una ruptura epistemológica inequívoca, claramente presente en la obra de Marx”

Otro interesante aspecto de esta edición es que distingue con mayor claridad entre las partes del manuscrito escritas por Marx y las escritas por Engels, lo cual lleva a una lectura muy diferente de ciertos pasajes que se solían considerar como un todo integrado.

Por ejemplo, el párrafo que diversos autores, unos motivados por la crítica feroz y otros por la defensa ideológica, han considerado como una de las principales descripciones de Marx de la sociedad postcapitalista: “la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar…”

Ahora sabemos que este fragmento fue obra de Engels (todavía entonces influenciado por los socialistas utópicos franceses) y que no contaba en absoluto con el beneplácito de su mejor amigo.

Los nuevos textos incorporados son también importantes para El capital, la obra magna de Marx. En los últimos diez años se han publicado cuatro nuevos volúmenes de la MEGA2 que contienen todos los borradores que faltaban en los volúmenes II y III de El Capital (que Marx dejó inacabado). Así, podemos reconstruir todo el proceso de selección, redacción y corrección que Engels efectuó al editar los manuscritos de Marx. Engels realizó varios miles de modificaciones (una cifra impensable hasta hace muy poco) durante un largo período de trabajo que va desde 1883 hasta 1894. La MEGA2 nos permite ver qué modificaciones fueron más significativas y determinar dónde, por el contrario, fue capaz de ser más fiel al texto original de Marx – que en absoluto podía ser presentado como el producto acabado de su investigación, ni siquiera las páginas dedicadas a la famosa ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.

Relegar a Marx al estatus de clásico embalsamado, indicado sólo para la investigación académica especializada sería un error de la misma envergadura que convertirlo en la fuente doctrinaria del “socialismo real”. Ya que, en realidad, sus análisis nunca han gozado de mayor vigencia. Cuando Marx escribió El Capital, el modo de producción capitalista estaba todavía en una fase temprana de su desarrollo. Hoy en día, tras el colapso de la Unión Soviética y su expansión a nuevas regiones del planeta (sobre todo a China), el capitalismo se ha convertido en un sistema global que invade y configura todos los aspectos (no solo los económicos) de la existencia humana. En estas circunstancias, las ideas de Marx están demostrando ser más fértiles de lo que lo fueron en su época.

Además, actualmente la economía no sólo domina la política, dictando su agenda y determinando sus decisiones, sino que se halla fuera de su jurisdicción y control democrático. En las últimas tres décadas, los poderes de toma de decisiones se han trasladado inexorablemente de la esfera política a la económica. Las posibles decisiones políticas se han transformado en imperativos económicos. Esta subordinación de la esfera política a la economía, como si fuera un dominio aislado inmune al cambio, encierra actualmente la más grave de las amenazas a la democracia. Los parlamentos estatales son despojados de sus poderes, que se transfieren a los mercados. Los spread del crédito, las calificaciones de Standard & Poor’s y el índice de Wall Street – esos megafetiches de la sociedad contemporánea – tienen infinitamente mayor influencia que la voluntad de las personas. En el mejor de los casos, el gobierno político puede “intervenir” en la economía (cuando es necesario mitigar la anarquía destructiva del capitalismo y sus violentas crisis), pero no puede cuestionar sus reglas y sus decisiones fundamentales.

Tras veinte años en los que los cantos de alabanza a la sociedad de mercado sólo tuvieron que enfrentarse a la vacuidad de los diversos posmodernismos, la capacidad renovada de otear el horizonte a hombros de un gigante como Marx supone un avance positivo. No sólo para los académicos interesados en la comprensión profunda de la sociedad contemporánea, sino también para cualquiera que esté inmerso en la búsqueda teórica y política de una alternativa democrática al capitalismo.

Marcello Musto es profesor de teoría política en la York University (Toronto) y editor de los volúmenes: “Tras las huellas de un Fantasma” (Siglo XXI, México: 2011), “Karl Marx’s Grundrisse: Foundations of the Critique of Political Economy 150 Years After” (Routledge, London and New York: 2008) y “Marx for Today” (Routledge, London and New York: 2012). www.marcellomusto.com .

domingo, 13 de enero de 2013

Parar los despidos

[En català]

Cuando PSOE y PP aprobaron sus respectivas reformas laborales lo hicieron prometiendo a la ciudadanía que éstas estaban diseñadas para crear empleo. Gran parte de la población no creímos en las buenas intenciones de los gobiernos, convencidos y convencidas de que el objetivo de las mismas no era generar empleo, sino crear mecanismos para facilitar el despido. De esa gran parte de población, una minoría pasamos de la indignación a la acción e intentamos parar las reformas con movilizaciones, sin conseguirlo. No éramos suficientes.

Los acontecimientos han demostrado con contundencia que no nos equivocábamos. En los últimos años los despidos no han hecho más que aumentar. Cada día nos enteramos de nuevas personas de nuestro entorno que han perdido su empleo y las noticias sobre nuevos EREs – incluso en empresas sin pérdidas – llenan los medios de comunicación. En su momento no fuimos suficientes personas las que actuamos ante el peligro que suponían las reformas laborales, y ahora todos y todas las trabajadoras sufrimos las consecuencias.

A pesar del trágico panorama, resulta esperanzador ver cómo en muchas empresas públicas y privadas, los y las trabajadoras se organizan colectivamente y luchan para defender su puesto de trabajo. Lo hacen con una fuerza y una pasión admirables, reinventando las formas de lucha, combinando las formas tradicionales con las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías. Luchas como la de los y las trabajadores de Telemadrid, las de la Sanidad y tantas otras, están escribiendo la historia del movimiento obrero del siglo XXI. Todos y todas las trabajadoras deberíamos seguir con atención las luchas que se están produciendo, ver cuáles son sus tácticas para defender sus puestos de trabajo y, por supuesto, ofrecerles nuestra solidaridad.

He dudado sobre si utilizar el término “movimiento obrero” porque sé que generará automáticamente rechazo en gran parte de las personas a las que quiero llegar. Quizá debería hablar mejor de “movilización social en el terreno laboral”. Pero permitidme, por favor, hablar de movimiento obrero. Así cada vez que tengamos noticia de un ERE, de un despido y de la reacción de los trabajadores con encierros, huelgas, etc. el término “movimiento obrero” nos hará pensar en la situación de la clase trabajadora en el s. XIX y recordaremos que lo que estamos viviendo nos acerca cada vez más a esa situación de origen del capitalismo. Nuestra memoria biográfica nos empuja a pensar y soñar con ese capitalismo de cara amable que supuso la etapa del Sistema del Bienestar. Pero andamos muy mal de memoria histórica y por eso nos resulta difícil recordar cómo era el capitalismo salvaje del s. XIX y cómo conseguimos moderar su violencia. Entre otros factores socio económicos, en gran parte, los y las europeas - unos más que otros- conseguimos un Sistema de Bienestar para los y las trabajadoras gracias a la fuerza del único movimiento social que había por aquellos entonces: el movimiento obrero.

Así pues, parece que asistimos a una pequeña revitalización del movimiento obrero y a pesar de ello resulta difícil obtener victorias. En algunos casos sí ha ocurrido, como en el de los y las trabajadoras de la consultora Capgemini, que con una convocatoria de huelga indefinida consiguieron parar el agresivo plan de ajuste destinado a la reducción de costes laborales y, por tanto, a la precarización de sus trabajos – y de sus vidas. Es necesario y urgente que empecemos a obtener más victorias, pero para ello es muy importante cambiar de táctica. Para ello debemos aprender de la historia y también de las tácticas de nuestros “enemigos”.

Dadas las circunstancias, es un hecho que todos y todas las trabajadoras estamos en peligro de perder nuestro puesto de trabajo. Es probable que mucha gente no lo crea así, incluso es posible que me equivoque y que realmente no sea así. Sin embargo, la mejor opción para cualquier trabajador o trabajadora es creer que está en peligro de perder su puesto de trabajo. Y una vez instalados en ese estado mental, tendremos que actuar en consecuencia. Si tenemos en cuenta la historia, veremos que lo único que ha mejorado la situación de la clase asalariada en general ha sido la movilización, la acción conjunta y no la acción individual, como intentan hacernos creer. Y de todas maneras, suponiendo que alguien a título individual pudiera mejorar sus condiciones, qué ocurre con sus amigos, su familia, sus hijos. ¿No merecen el esfuerzo de luchar colectivamente por ellos?

Y si la historia nos enseña que sólo juntos y juntas podemos, lo que nos enseñan nuestros empleadores es que para conseguir resultados hay que actuar con proactividad. Si nos fijamos en cómo actúan los empresarios que nos pagan por nuestro trabajo, veremos que no actúan de forma reactiva, sino proactiva. Es más, nos exigen que en nuestros trabajos seamos proactivos. Y si nos lo piden en el trabajo, por qué no serlo para defender la única fuente de ingresos que tenemos.  

La conclusión es que no podemos esperar a tener un ERE o el despido encima de la mesa, no podemos esperar a que los despidos sean ya un hecho. La mejor opción es convencerse de que ese puesto de trabajo es tuyo y que lo vas a defender por todos los medios porque en ello te va la vida y la de tu familia. La mejor opción es luchar colectivamente antes de que sea demasiado tarde.

En Telefónica lo estamos haciendo. Desde febrero de 2011 luchamos sin tregua por la readmisión de un compañero despedido por bajas médicas justificadas. Entendemos que los dos despidos que se produjeron por ese motivo son movimientos tácticos de la dirección de la empresa y que nos jugamos mucho en el resultado. Hemos respondido a ese ataque de forma reactiva en el caso del compañero despedido, pero a la vez la lucha reactiva por la readmisión es una lucha preventiva, para que no haya más despidos en la empresa. Sin embargo, los y las que luchamos todavía somos una minoría, una minoría muy convencida de que éste y no otro es el camino, pero una minoría. De ahí que en vez de plantearnos huelgas indefinidas como en Capgemini o Alten, hayamos aguzado el ingenio y basemos nuestras formas de luchas en acciones como la huelga de hambre o las flashmob, que con la movilización y el trabajo de una minoría muy activa y comprometida consigue un gran impacto y solidaridad fuera de la empresa, y por tanto presión social. 


Foto: Dani del Sol
Sin embargo, tanto en Telefónica como en otras empresas, los compañeros y compañeras que estamos intentando frenar la inhumana e inmoral políticas de recursos humanos imperantes, necesitamos sumar fuerzas. Es necesario que quienes todavía no están luchando para defender su puesto de trabajo comprenda que lo único que puede salvarnos es que seamos muchos y muchas las que estemos organizadas antes de que se produzcan las agresiones definitivas.